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Encuentro difícil

Llantos, movimientos, sensación de fragilidad, miedo a hacer daño, inquietud de la familia, tantas cosas que me incomodaron cuando comencé a tratar a niños. Es cierto que me interné en dicha vía con un viático de lo más reducido: mis apuntes sobre el niño, algunos textos de Viola Frymann, traducidos laboriosamente, el libro de Harold Magoun[2] y algunas sencillas recomendaciones como : « Con el niño pequeño, no hay que agravar la lesión. »…

En aquella época, yo no tenía una opinión definida sobre lo que es un bebé. Lo consideraba más bien como un objeto, una cosa un poco extraña, que dormía, mamaba, y daba vagidos. Esto era resultado de mi inexperiencia, de mi educación y de lo poco que había leído sobre el niño en los libros de anatomía, de fisiología y en el manual de obstetricia que había conseguido en una librería de libros antiguos, para familiarizarme con el fenómeno del nacimiento. Estas obras contemplaban al bebé como una cosa, un objeto; vivo, desde luego, pero sin más. A decir verdad, nunca  me había planteado la pregunta : « ¿ Qué es un bebé ? »

¿« Cosa » o ser?

Dos acontecimientos vividos en aquella época, me marcaron, trastocando el difuso punto de vista que tenía sobre el niño recién nacido y me hicieron pasar de la visión del bebé-objeto, vagamente vivo, a la de ser consciente: el encuentro con Viola Frymann y la lectura del libro de Frédérick Leboyer.

Observar a Viola Frymann ocupándose de bebés y de niños pequeños me impresionó especialmente. Mucho más allá de las palabras, sentía que pasaba algo, sin poder definirlo. En la sala había como una presencia particular. Más exactamente, una calidad de presencia particular, aquella que detiene el tiempo. Por fin, acabé por descifrar: ella consideraba al bebé como un ser, parecía comunicar realmente con él, más allá de las palabras.

En esta misma época leí Pour une naissance sans violence (Por un nacimiento sin violencia[3]), el cual acababa de publicar Frédérick Leboyer (estábamos en 1974). Este libro me conmovió. Probablemente sensibilizado por lo que había vivido con Viola Frymann, con su lectura sentí una pertinencia que me tocó. Recuerdo igualmente el clamor de indignación que éste provocó, únicamente porque consideraba con respeto al niño y su venida al mundo. El mero hecho de pasar de la consideración del bebé cosa a la de bebé ser era, para muchos, inaceptable.

Estos dos sucesos modificaron mi punto de vista sobre los bebés y los niños pequeños. Ya no me conformaba con considerar el bebé cosa, sino que también consideraba el ser. La calidad de mi relación con el niño se vio transformada con esto, pero no así las dificultades que tenía con su cuerpo. De este modo, nada más poner las manos en su cabeza, se echaba a llorar, a menudo con mucha energía. Por tanto pensaba que lo hacía mal, pero al estar excluida la comunicación verbal entre el bebé y yo, no lograba determinar aquello en lo que fallaba.

La « cosita frágil »

En una entrevista que leí en aquella época, Frédérick Leboyer contaba como, siendo un médico tocólogo completamente clásico había llegado a la práctica del nacimiento sin violencia : había revivido su propio nacimiento. ¡ Ni siquiera me imaginaba que aquello fuera posible ! La idea de hacer lo mismo me llegó acto seguido, pero al ignorar a quién dirigirme para realizar esto, dejé el asunto en el aire. Sin embargo la información, ¡ no había caído en saco roto ! Ésta pronto se encontró reactivada por la lectura del libro del psiquiatra americano Arthur Janov, Le Cri primal (El Grito primal)[4], en el cual el autor cita lo revivido conscientemente en relación a nacimientos e incluso a incidentes prenatales, los cuales habiendo dejado señales en la memoria inconsciente de los pacientes, son responsables de dificultades en su vida presente. En aquel momento (era mucho antes de la llegada del somato-emocional de John Upledger), estas informaciones, todas novedosas para mí, me llamaron la atención  especialmente.

Unos años más tarde, durante un seminario de desarrollo personal, en el transcurso de un proceso de regresión consciente, reviví mi nacimiento. Completamente consciente, sentí físicamente intensas presiones y fuerzas mecánicas coercitivas, no solamente en el cráneo, sino en la totalidad del cuerpo. Aunque sabía perfectamente que se trataba del nacimiento, tenía verdaderamente la impresión de vivirlas en ese instante. Había poco dolor, pero sí mucha incomodidad y sobretodo una emoción que lo desbordaba todo: el pánico, resultado de la impresión de estar atascado, estrujado, retorcido en todos los sentidos, sin ninguna posibilidad de escapar, asociada a la sensación de muerte inminente.

Esta experiencia me permitió, al igual que Sutherland, obtener el conocimiento antes que la información: « Para mí es el único medio para saber lo que ocurre. Si las experiencias fueran echas por otros, éstos experimentarían sensaciones, sentimientos, tendrían reacciones. Podrían interpretarlas por mí y yo podría obtener la información, sí, pero realmente yo no conocería. » (Strand Sutherland, 1962, 38 – versión original/2002, 61 – versión traducida al francés). Gracias a lo revivido, he comprendido muchas cosas del interior, especialmente que un bebé no es una cosita frágil. Para soportar lo que soporta en el transcurso del nacimiento y salir vivo, uno debe de ser particularmente robusto. Esta toma de consciencia contribuyó ampliamente para superar la inhibición que me impedía ir al encuentro de la estructura corporal de un bebé.

¿Y si la « cosa » fuera consciente ?

Antes de esta experiencia y sin que yo tuviera consciencia de ello, habitaba en mí una dualidad al considerar al niño: de un lado, el ser, la consciencia y del otro, el cuerpo, la cosa, objeto del tratamiento. Esta experiencia me hizo experimentar verdaderamente que la cosa es consciente, que vive y almacena muchas informaciones no solo de naturaleza física, sino igualmente psíquica y emocional. Dicha experiencia también me hizo comprender que la vida no se manifiesta de forma distinta en el adulto y en el niño, y que en consecuencia, no hay ninguna razón para adoptar con el niño una actitud y unos procedimientos diferentes de aquellos utilizados con el adulto.

Una densidad a veces importante

Lo que yo había revivido había desinhibido mi miedo a entrar en la estructura del niño (atreverme a entrar…), así pues comencé a sentir movimientos en el cráneo de los bebés, bueno, en algunos de ellos… puesto que constataba a menudo una densidad especialmente fuerte, mucho más de lo que yo habría imaginado. Anteriormente, debido a mis incertidumbres palpatorias e inhibiciones inculcadas durante mi aprendizaje, no me atrevía a entrar en la estructura craneal de los bebés y por lo tanto, no percibía la densidad. Poco a poco, la confianza en la palpación y las indicaciones tisulares han ido reduciendo en la misma medida mis inhibiciones. Pero me sigue asombrando la potencia de las fuerzas mecánicas coercitivas impuestas en algunos cráneos de los bebés, las cuales hay que aceptar acompañar si se quiere obtener su liberación. Para obtener la sintonización adecuada, a veces es conveniente entrar dentro de coerciones muy importantes.

Una estructura que espontáneamente va hacia la corrección

Lo que yo había revivido y la aceptación de entrar en la estructura del bebé despejaron igualmente otra inhibición heredada de lo que me habían enseñado : « En el niño pequeño, no hay que agravar la lesión. » Sintonizado y sincronizado con los tejidos craneales del niño, me dí cuenta que después de un corto tiempo de agravación, muy corto, los tejidos iban espontáneamente hacia la corrección, como si conocieran el camino, lo que me hizo cuestionarme profundamente. Más tarde, cuando por fin pude acceder a sus escritos, comprendí que los primeros osteópatas craneales americanos, sentían esto. En su primera edición, Magoun casi lo escribió tal cual : « Este tipo de modelaje[5] corresponde a la aplicación de una ligera presión direccional, la determinación de la acción de la membrana de tensión recíproca y la utilización de esta limitación así como de la potencia de la “marea” del líquido cefalorraquídeo para conseguir el cambio. » (Magoun, 2000, 221.) Basta con aplicar el procedimiento al cráneo globalmente para obtener las correcciones deseadas, expresadas por los mismos tejidos, los cuales espontáneamente tienen tendencia a auto-corregirse.

Por desgracia, en aquel entonces no disponíamos de esta versión, sino de la de 1966 (reeditada en el 76) en la cual está escrito : « La acción directa es el tratamiento de elección antes de que las suturas alcancen su conformación de tensión recíproca como en el adulto. Se moviliza suavemente los huesos para retomar el camino que siguieron cuando se produjo la lesión. » (Magoun, 1976, 241.) Lo que hemos interpretado como la necesidad de ir en contra de la lesión, es decir, imponer a la estructura una fuerza proveniente del exterior, en lugar de ponerse a su disposición, escucharla y seguir lo que tenía que confiarnos… ¿Cómo no extrañarse entonces de que ésta se entregue con tanta dificultad? En esta edición, con el subtítulo « Modelaje », es con éste que Magoun nos da la clave : « En el proceso de modelaje, o modificación plástica, determinad la tensión presente en la membrana de tensión recíproca y dejaros guiar por ella. Utilizad una ligera presión direccional, utilizando esta resistencia para realizar el cambio deseado usando la fluctuación del líquido cefalorraquídeo si fuera necesario. » (Magoun, 1976, 241.) La primera edición sin embargo, es más clara : « potencia de la marea » es bastante más explícita que « fluctuación del líquido cefalorraquídeo » utilizada en la versión del 66/76. Con ello, nos indica explícitamente que es necesario utilizar las fuerzas provenientes del interior… De hecho, basta con alcanzarlas y escucharlas. Éstas nos dicen lo que tienen que decir.

Cargas emocionales muy fuertes

Lo revivido en relación a mi nacimiento y la aparición de algunas emociones muy fuertes que estaban asociadas a éste me han permitido dejar de estar sorprendido por los llantos de los bebés. Me han parecido lógicos en relación al trabajo tisular que hace revivir a la estructura del niño ciertos procesos de coerción. Pero sobretodo, me he dado cuenta que lo que más me afectaba no era tanto los llantos del niño, sino las resonancias que éstos generaban en mí, removiendo una vivencia personal similar, de la cual yo no era consciente.

Ahora bien, entre las emociones percibidas, estaban las mías (fundamentalmente el pánico), pero igualmente las de las personas allí presentes: mi madre luchando contra el dolor, la fatiga, la sensación de no conseguirlo, el tocólogo, cansado, irritado y con ganas de acabar, etc. Solamente al revivir la situación pude clara y conscientemente establecer la diferencia entre mis emociones personales y las de las personas a mí alrededor. Antes, éstas estaban mezcladas. Una vez esclarecida esta vivencia personal, hubo bastantes menos resonancias. Sin llegar a ser insensible, podía acompañar con mayor facilidad el proceso de liberación de las coerciones físicas y emocionales del nacimiento.

Al no estar ya tan conmocionado y al haber mejorado mi palpación, podía focalizarme sobre las respuestas tisulares, las cuales me proporcionaban, como en el adulto, la información que necesitaba para ayudarlas a liberarse. Además, he constatado que los llantos están muy ligados a los ciclos de liberación. Nada más empezar un ciclo, los llantos comienzan o se redoblan, para calmarse, incluso cesar al final y volver a aparecer con el ciclo siguiente. Hacia el final de la sesión, a menudo el niño se calma y a veces se duerme.

El nacimiento, un proceso global

El hecho de revivir mi nacimiento me ha permitido comprender igualmente que no se trata solo de un proceso craneal, sino global, el cual interesa a todo el cuerpo. Los osteópatas craneales han focalizado su atención sobre el cráneo y su contenido, pero por lo que se ve es el conjunto del sistema corporal el que está sometido al proceso. Como terapeuta, conviene por tanto considerarlo globalmente. En la práctica, esto me ha conducido a trabajar sobre el conjunto del sistema para desmodelar las coerciones mecánicas del nacimiento, especialmente a nivel de la columna vertebral y de la pelvis, antes incluso de interesarme por el mecanismo craneal. Este modus operandi descerroja el sistema craneal, lo cual permite a su nivel, un trabajo mucho más fácil (Tricot, 2002, 236-238).

Bebé, pero ya con una larga historia

Para acabar, otros viajes a menudo inesperados en el periodo prenatal me han permitido integrar que la historia de un recién nacido es ya extensa: mucho antes del nacimiento, la estructura tisular ha registrado muchas informaciones vinculadas con numerosas situaciones de su vida como feto, las cuales han podido engendrar algunas restricciones de movilidad en el seno de la estructura en desarrollo. Más que la gravedad de las situaciones, es a menudo el contexto en el cual son vividas lo que lleva a ello, ya que el feto no hace ninguna diferencia entre lo que él vive y lo que se vive a su alrededor. Dicho de otra forma, todo lo que se vive a su alrededor, es él quien lo vive.

Este concepto, asociado al conocimiento de las etapas del desarrollo embriológico, permite comprender mejor ciertas anomalías del funcionamiento del sistema corporal. Un cierto número de situaciones vividas durante el embarazo pueden interferir sobre el proceso, alterando su desarrollo y su funcionamiento ulterior. En la actualidad los osteópatas se interesan mucho por los procesos embriológicos. Otros, como Robert Rousse, se interesan en las improntas tisulares dejadas en la estructura del niño por algunas malas posiciones intrauterinas. No sabría cómo animar a aquellos que se interesan por el tema para que asistan a sus seminarios.

Para concluir

Soy consciente que este texto tan breve puede saber a poco al lector…[6] Pero me parece importante expresar que lo que más me ha ayudado para tratar al niño, concretamente al niño recién nacido, no son los datos científicos o técnicos (cuya importancia y necesidad reconozco de buen grado), sino el aprendizaje de un relacional como ser con los bebés… Aquello a lo que se le da menos importancia en las formaciones.

Bibliografía

Frymann, Viola M., 1998. Collected Papers of Viola Frymann. American Academy of Osteopathy, Ann Arbor, Michigan, 360 p., ISBN : N46268-1136.

Janov, Arthur, 2001. Le Cri primal. Flammarion, Paris, 510 p., ISBN : 2-08081-032-4. (Ed. Española: El grito primal. Trad. de Aurora Bernárdez. Edhasa, 2009. ISBN 13: 978-84-350-2721-2.)

Leboyer, Frédérick, 1974. Pour une naissance sans violence. Seuil, Paris, 158 p., ISBN : 2-0200-5576-7. (Ed. Española: Por un nacimiento sin violencia. Trad. de Fernando Luis Cabal. Mandala Ediciones, SA, 2008. ISBN 13: 978-84-8352-076-5.) 

Magoun, Harold Ives, 2000. L'ostéopathie dans le champ crânien - Edition originale. Sully, Vannes, 288 p., ISBN : 2-911074-26-2.

Massin, Christophe, 1997. Le Bébé et l’amour. Aubier, Paris, 268 p., ISBN : 2-7007-2193-4.

Strand Sutherland, Adah. 1962. With Thinking Fingers. The story of William Garner Sutherland, D.O., D.Sc. (Hon). The Cranial Academy, 100 p,. ISBN: 0-915801-26-4.

Sutherland, William Garner, 2002. Textes fondateurs de l'ostéopathie dans le champ crânien. Sully, Vannes, 336 p., ISBN : 2-911074-42-4.

Tricot, Pierre, 2002. Approche tissulaire de l'ostéopathie - Livre 1. Sully, Vannes, 320 p., ISBN : 2-911074-40-8.


[1] Gracias a René Quéguiner y  Francis Peyralade, pioneros franceses los cuales, por medio de Denis Brookes habían logrado hacer venir desde 1964 a Harold Magoun, Viola Frymann et Thomas Schooley, los tres alumnos directos de Sutherland. Era la primera vez que unos osteópatas americanos aceptaban venir a transmitir el concepto craneal a extranjeros, los cuales encima no eran médicos…[2] Harold Magoun había dado la  autorización verbal a R. Quéguiner y F. Peyralade para traducir la segunda edición, la de 1966, de su libro para los estudiantes del grupo. La traducción de ese libro, durante mucho tiempo difundida bajo manga, ha servido por tanto, implícitamente la mayoría de las veces, en la formación de un número importante de osteópatas en el ámbito craneal.
[3] En 1974 apareció una primera edición (agotada hoy en día) en castellano del libro - Por un nacimiento sin violencia - corrió a cargo de la Editorial Daimon, traducción realizada por Ernesto Mascaró Porcar. Una edición más reciente del mismo está hecha por Mandala Ediciones en 2008, traducida por Fernando Luis Cabal Riera. (N d T)
[4] La primera edición francesa data de 1970. Primera edición española en 1979 (agotada en la actualidad), segunda en 1989 y tercera y por el momento, última,  en 2009, todas ellas realizadas por la editorial Edhasa sobre la traducción de Aurora Bernárdez. (N d T)
[5] Magoun se refiere al modelaje del cráneo del recién nacido deformado por el nacimiento.
[6] La brevedad de este artículo no permite exponer las técnicas utilizadas para tratar al niño recién nacido. Éstas se exponen en el libro Approche tissulaire de l’ostéopathie (Abordaje tisular de la osteopatía) Libro 1, p. 236-238.