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El contexto
Francis Peyralade y René Quéguiner forman parte de los pioneros – discretos – de la osteopatía francesa. A lo largo de los años 1960, se formaron con Paul Gény. Seguidamente, junto con otros compañeros, entre ellos Bernard Barillon, prosiguieron su formación con un osteópata inglés, Denis Brooks, apasionado por la osteopatía craneal. En 1964, consiguieron la proeza de hacer venir, para enseñar las bases de la osteopatía craneal, a un grupo de tres osteópatas americanos: Harold Magoun, Viola Frymann y Tom Schooley. Todos ellos alumnos directos de Sutherland. Era la primera vez que osteópatas americanos aceptaban transmitir la osteopatía craneal en un país extranjero y encima, a no-médicos.

1964-Magoun-et-autres2

En la fotografía, en 1964, los osteópatas craneales americanos en Francia.
Sentados, de izquierda a derecha:
Thomas Schooley, Viola Frymann, Harold I Magoun.
De pie, totalmente a la izquierda, René Quéguiner.
El quinto desde la izquierda, Dennis Brookes.
Totalmente a la derecha, Francis Peyralade y Bernard Barillon.

Después, a finales de los años 1960, a instigación de Harold Magoun, Quéguiner y Peyralade crearon la AERTK (Association d'Étude et de Recherches des Techniques Kinésithérapiques. Trad. esp.: Asociación de Estudio e Investigación de las Técnicas de Fisioterapia) – efectivamente, en aquella época, no se podía plantear una osteopatía independiente de la fisioterapia, idea que empezó a germinar a principio de los años 1980, con la creación del Registro de los Osteópatas de Francia (ROF), en 1982. A principios de los años 1980, l'AERTK se convirtió en la SERETO (Société d'Études et de Recherches de Techniques Ostéopathiques - trad. esp.: Sociedad de Estudios y de Investigación de Técnicas Osteopáticas). Precisamente, de esta corriente proviene el CETOHM (Collège d'Enseignement Traditionnel de l'Ostéopathie Harold Magoun - trad. esp.: Escuela de Enseñanza Tradicional de la Osteopatía Harold Magoun), escuela en la que participé activamente en su creación, en 1987.

Pero volvamos a Viola Frymann. Cuando yo me presento al comienzo de mis seminarios, suelo decir que en aquel momento en que coincidí con ella por primera vez, estaba a punto de dejar mis estudios de osteopatía. Hay que decir que, a principios de los años 1970, el hecho de que te dijesen (entre otras cosas) que el cráneo se mueve, y que aun siendo movimientos tenues, se pueden percibir, era razón suficiente para desconcertar al joven titulado en fisioterapia que era. Y con mayor motivo, puesto que hiciese lo que hiciese, fuera cual fuera mi manera de proceder, no sentía, estrictamente, ninguno de esos movimientos... Mis profesores parecían tan convencidos de la existencia del movimiento craneal, y parecían percibirlo con tal facilidad, que yo aceptaba no rechazar la idea sin más. No obstante, aunque les concediese una confianza natural, mi propia incapacidad a la hora de percibirlo, me hacía dudar de la veracidad del concepto. Acabé pensando que se trataba de una cosa para "iluminados"; y que, aparentemente, yo había esquivado aquella iluminación.

Sin embargo, lo que presentaban y me proponían experimentar a nivel osteopático, me seducía y, además, parecía coherente. A nivel práctico, lo poco que yo había aprendido en osteopatía (el masaje neuromuscular, las técnicas articulatorias), era ya muchísimo más eficaz que lo que me habían enseñado durante mis estudios de fisioterapia, que no tenía ninguna duda de la justeza del abordaje.

A nivel conceptual, los fundamentos de la osteopatía, en especial, la globalidad, me "hablaban" verdaderamente. Aquello tenía sentido para mí. Aunque, en aquella época, la globalidad fuese esencialmente corporal, para mí, proveniente de los estudios de fisioterapia, ya era algo novedoso, coherente y tentador.
Todos estos puntos positivos me permitieron no rechazar de entrada el concepto craneal, aun pareciéndome esotérico: ¿por qué motivo, una gente tan pragmática y eficiente en sus propósitos y su práctica, me estaría contando "trolas" acerca del concepto craneal? En lugar de ponerlos en tela de juicio, me cuestioné a mí mismo, llegando a pensar que, posiblemente, estaba mal constituido. Pero esto tampoco me fue de una gran ayuda...

El encuentro
Antes de tomar la decisión de abandonar, me di como plazo, la participación en el seminario con Viola Frymann. No hace falta recalcar que entonces, ya tenía mucha fama entre los osteópatas. En seguida me sorprendió y me sedujo la sencillez de su manera de proceder, sin ninguna ostentación ni remilgos. No era ella quien andaba con remilgos, sino la gente que se amontonaba a su alrededor...

Asimismo, me sorprendió que, cuando hablaba de osteopatía, enseguida yo comprendía lo que ella decía. Enunciadas por ella, las cosas parecían sencillas, coherentes y evidentes. Lo que no siempre era así cuando eran mis maestros franceses quienes las presentaban. No les tiro ninguna piedra, ya que soy consciente de que respecto a nosotros, sólo nos llevaban unos cuantos años de práctica en osteopatía. Además, estoy seguro de que hacían honestamente todo lo que podían para transmitirnos lo que ellos habían comprendido. Todo el mundo no nace con un don para la pedagogía, y sé que hicieron todo lo que estaba en sus "manos". Por ello les estaré eternamente agradecido.

Las palabras de Viola, tan sencillas y coherentes, me confirmaron verdaderamente que, pese a mis dificultades, la osteopatía era una buena vía y que había que persistir. Además, parecía comprender nuestras dificultades a la hora de percibir los movimientos craneales, reconociendo que ella también había tenido las mismas dificultades, y que con un poco de perseverancia y aplicación, nosotros también acabaríamos sintiendo dichos movimientos.

Por otra parte, desde el primer contacto que tuve con ella, inmediatamente percibí una calidad de ser que entonces no sabía nombrar, pero que discernía: como si en ella no hubiese ningún hiato entre su discurso tentador, desde el punto de vista filosófico, y su propio comportamiento. Y no siempre era así en un número importante de osteópatas con los que me codeaba en aquel momento. Dicha calidad de ser me "tocó" y enseguida consideré que ésta debería ser del mismo tipo en todos los osteópatas.

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Julio 1972: Viola Frymann, acompañada por René Quéguiner y Francis Peyralade y por un grupo de estudiantes.

Un contacto directo
Una última cosa: las dos primeras veces que coincidí con ella, era en el seno de grupos pequeños (una veintena de personas), lo que permitió un verdadero intercambio entre nosotros. Después, aquello ya no fue posible de manera tan distendida, tan amena, debido al número de participantes, mucho más importante cada vez.

Al ser un número reducido, Viola podía dedicar un poco de su tiempo a cada uno de nosotros durante las prácticas. Tuve así la oportunidad de sentir sus manos sobre mi cabeza. No me esperaba sentir una "infusión de su mente", no obstante, este breve contacto vino a ser muy instructivo para mí. Lo primero que me llamó la atención, fue la calidad del contacto; lo era todo salvo ligero. Una mano muy precisa, pero muy firme también, lo que contrastaba con el contacto especialmente "ligero" de nuestros profesores, lo cual nos conminaban a respetar: "¡Sobre todo, no apretéis!" Pues sí, Viola, ella sí que apretaba, pero es cierto que en ningún momento llegaba a ser incómodo, al contrario.
La segunda cosa que me marcó, fue la percepción que rebasaba, hasta muy lejos, la región del cráneo. Manifiestamente, ocurrían cosas en todo el cuerpo, las cuales yo no podía nombrar, pero que sí percibía como muy reales. Ello me confirmó que merecía la pena proseguir en esta vía.

Por otra parte, el hecho de haber sentido las manos de Viola muy "presentes" sobre y en mi cráneo, me motivó para que yo mismo me autorizase a experimentar el "entrar" en los cráneos de mis pacientes. La equivocación que cometí al principio, fue hacerlo demasiado deprisa. En consecuencia, percibía algo muy duro bajo mis manos y no tenía ninguna percepción del movimiento. Después, progresivamente, aprendí a hacerlo con mayor lentitud, incluso, muy lentamente. Entonces fue cuando empecé a percibir "algo". El problema era que no tenía nada que ver con aquello que habitualmente querían que yo sintiera, a saber, flexión/extensión y/o rotación externa/rotación interna. Cuando mencioné mis percepciones ante mis profesores, pusieron el grito en el cielo, al considerar que aquello no tenía sentido alguno y que era mejor abandonar. Así pues, me dejé invadir por la duda. Necesité varios años más para poder vencerla y finalmente acabar componiendo con lo que yo sentía.

Pero volvamos a Viola. Gracias a Francis Peyralade, tuve, desde los primeros seminarios, la oportunidad de cenar en la misma mesa, así como de participar en algunos intercambios (más bien dicho, ser testigo de lo que se decía) a los que no hubiera podido participar de no ser así. En el transcurso de los mismos, pudimos evocar nuestras dificultades de palpación y, de nuevo, nos reconfortó al decirnos que ella también las había tenido cuando estaba empezando. Que había conseguido vencerlas, y que, por tanto, nosotros también podríamos lograrlo. Ello no nos proporcionaba ninguna solución, pero por lo menos, nos daba esperanzas, lo que contrastaba con la constatación que muy a menudo oíamos: "¡Es que eres muy malo!"

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Viola Frymann y Francis Peyralade tratando a un niño.

Una historia personal significativa
También pudimos hacerle preguntas sobre su trayectoria, y nos contestó con mucho gusto, explicándonos que al ser de una familia inglesa, había descubierto la osteopatía muy joven (tenía cuatro años). En aquel entonces a su padre se le había declarado una tuberculosis. Había sido tratado por un osteópata, el cual le propuso, entre otras cosas, que modificase su alimentación. Se hizo vegetariano, "convirtiendo" igualmente a toda la familia, y las medidas que fueron tomadas le ayudaron considerablemente. Nos dijo que esa era la razón por la que se había hecho vegetariana. No era cuestión de sectarismo alguno, sino simplemente la constatación de que había mejorado de manera considerable la salud de su familia; y, en consecuencia, había decidido proseguir en esa vía.

Parece ser que este episodio fuera determinante en su decisión de ser médico. Estudió medicina en Londres donde se graduó. Expresó que muy pronto había sentido cierta frustración ante la inadecuación del sistema médico. Deploraba la manera en la que se trataba a los pacientes – puesto que sólo nos interesaba su enfermedad – cuando al mismo tiempo, sus emociones, sus sistemas de creencias religiosas y sus espíritus [almas], pasaban completamente desapercibidos, eran totalmente ignorados. Le horrorizaba ver hasta qué punto la genta recurría a los medicamentos, a menudo de forma abusiva, así como sus efectos secundarios tóxicos. Consideraba que debía existir una vía mejor. Debido al caos de la post-guerra, no pudo iniciar su formación como osteópata en su Inglaterra natal y marchó para California. Se matriculó en el College of Osteopathic Physicians and Surgeons de Los Ángeles, en el cual consiguió graduarse, en 1949. Al convalidarle su titulación de médico un cierto número de asignaturas, aprovechó ese tiempo libre para visitar algunos osteópatas que trabajaban en Los Ángeles e iniciarse a su lado en el abordaje manual osteopático. Tras titularse, ejerció como médico osteópata durante varios años. Pero a finales de los años 1940, vivió una experiencia transformadora.

La muerte de su hijo Paul
El nacimiento de un hijo, Paul, había sido particularmente largo, difícil y traumático. El niño no dejaba de llorar, inconsolable, tenía dificultades a la hora de digerir, así como vómitos incontrolados. En 1949, consultó a los mejores médicos de San Diego. Probó tanto las medicinas convencionales como las medicinas alternativas, sin ningún éxito. Pese a todos sus esfuerzos, su hijo murió de manera inesperada, en sus brazos.

Trastornada y traumatizada por la muerte de su primer hijo, buscó respuestas. Mientras que todavía estudiaba en la universidad de Los Ángeles, había oído hablar de una técnica novedosa de osteopatía, considerada revolucionaria y particularmente controvertida, que proponía un osteópata americano de Minnesota, llamado William Garner Sutherland, el cual, afirmaba que el cráneo presentaba unos movimientos tenues pero perceptibles. El equipo docente de su universidad había manifestado cierto escepticismo, incluso cierta hostilidad, hacia dicho abordaje.

El encuentro con William Sutherland
En 1950, el Dr. Sutherland se mudó a California para ejercer la osteopatía, y Viola Frymann decidió asistir a sus clases básicas, que por entonces duraban dos semanas.
Una de las conferencias que impartió Sutherland cambió brutalmente el rumbo de su vida, así como el de la osteopatía que ella practicaba hasta entonces. En ella, W. Sutherland describía, mediante detalles anatómicos muy precisos, las consecuencias de un nacimiento traumático, las cuales reproducían exactamente los mismos síntomas que presentaba su hijo Paul, un poco antes de morir. Pese a no conocer su historia, el Dr. Sutherland describía los síntomas que el niño había manifestado, así como los procedimientos osteopáticos específicos que permitían aliviar dichas condiciones. Viola estaba convencida de que si hubiesen podido aplicar estas técnicas a su hijo, probablemente, hubiesen podido evitar su muerte.

Pese a sus dificultades a la hora de sentir el más mínimo movimiento de los huesos del cráneo, a fuerza de visitar al Dr. Sutherland en su casa de Pacific Grove, en California, ella pudo empezar a percibir y reconocer los pequeños movimientos, casi imperceptibles, de los huesos craneales. De igual manera, muy pronto descubrió que dichos movimientos tenían efectos muy importantes sobre la mayoría de los procesos de la vida.
Aplicando los principios y las técnicas de William Sutherland, así como observando los resultados casi milagrosos que experimentaban sus pacientes, Viola Frymann consiguió convencerse a sí misma de la eficacia del abordaje craneal. Procedió al estudio intenso junto a Sutherland durante el último año de su vida (falleció en 1954). Este último estaba convencido de que su abordaje interesaba especialmente a los niños, y le prometió transmitirle todo lo que él había estudiado y aprendido. Todo ello determinó a Viola Frymann a hacer todo lo necesario para que ningún niño sufriese, inútilmente, las consecuencias del traumatismo del nacimiento, el cual, se podía tratar de modo eficaz mediante osteopatía (su promesa).

En 1963, ella publicó la primera investigación científica que documentaba las consecuencias del traumatismo del nacimiento de 1250 niños. En ésta, recalcaba que pese a que más del 80% de los niños y niñas habían sufrido un nacimiento traumatizante, sólo el 10% habían sufrido un traumatismo lo suficientemente severo como para originar unos síntomas que fuesen amenazadores para la vida de las criaturas, idénticos a los que había presentado su propio hijo, y que la medicina convencional no comprendía y, por tanto, no sabía tratar. En varias ocasiones, la he oído decir que no es más normal que un niño vomite o regurgite después de la toma de su biberón, que lo haga un adulto después de una comida.

Su sueño
En los años 1970, Viola ya nos hablaba de cuál era su sueño: crear un centro de acogida y tratamiento para niños en dificultad; para poder asegurarles un seguimiento osteopático. De este modo, se proponía honrar la promesa que se había hecho a ella misma, de hacer todo lo necesario para evitar que se repitiese de nuevo aquello que había vivido su propio hijo, falleciendo tan pequeñito. En aquella época, ya intentaba reunir fondos con vistas a la creación de dicho centro de cuidados osteopáticos. Una gran parte de sus honorarios percibidos a través de sus seminarios y conferencias, la destinaba a ese proyecto.

Sus enseñanzas
Obviamente, lo que enseñaba giraba esencialmente en torno a la aplicación de la osteopatía, principalmente craneal, en el niño. Viola era extremadamente precisa y exigente en cuanto a la adquisición de los elementos fundamentales de anatomía y fisiología, pero manejaba con arte su aplicación con la lógica osteopática, lo cual tornaba sus conferencias en muy claras y atractivas.
Sin embargo, su enseñanza iba mucho más lejos. En los años 1970, no dudaba un sólo instante en hablar de las demás dimensiones del ser humano (dimensiones mentales y espirituales). Gracias a Francis Peyralade, en aquel momento pude conseguir y leer una serie de textos que ella había escrito para algunas revistas de osteopatía, así como de otra índole. Los llegué a traducir para los miembros de nuestro grupo, descubriendo en ellos una dimensión filosófica y espiritual de la osteopatía que en ningún momento había sospechado en aquella época, y que me sedujo especialmente.

Por ejemplo, en un artículo Para un paciente global , un terapeuta global1, escribía:

Convertirse en médico supone la adquisición de los gestos esenciales, la adquisición de un vasto campo de conocimientos, así como pasar las pruebas y los exámenes correspondientes y aprobarlos. Sin embargo, se podría comparar a los ladrillos de las paredes de una casa; no son suficientes para crear un hogar. De igual modo, dicho saber no es suficiente para hacer de uno, un médico. El tiempo transcurrido entre la inscripción y el día de la graduación, debería aprovecharse para descubrirse a uno mismo como médico, igual que para alcanzar la armonía con el paciente. Debería dedicarse tiempo a la contemplación del cosmos y de la persona. Un axioma hermético dice que «aquello que está arriba está abajo». Se debería dar la posibilidad de contemplar la vida en el presente y en el más allá, de explorar los acontecimientos invisibles que sobrevienen en el momento de la concepción, del nacimiento y de la muerte. El recién graduado, sólo será capaz de consolar a sus pacientes, así como brindarles ayuda, si verdaderamente reconoce al paciente, en toda la extensión de esa palabra. Albert Schweitzer llamaba a esa actitud, «respeto por la vida». Para conocer al paciente, el médico debe conocerse a sí mismo.

¡Eh ahí una declaración que abre el espacio para la reflexión!

Y en el mismo texto:

De ello emergen nuevas dimensiones para el diagnóstico y el tratamiento, por tanto, es necesario forjar nuevos instrumentos de diagnóstico. A la hora de determinar la talla, la forma, la posición y la naturaleza de un bulto en el pecho, el médico lo puede palpar, medir, así como recurrir a distintas técnicas físicas para determinar su naturaleza. Para determinar la naturaleza de una disfunción emocional, el médico debe entrenar su habilidad para el diagnóstico palpatorio emocional, a la cual se le podría llamar consciencia. Semejante palpación puede realizarse al mismo tiempo que la palpación física, pero, de igual modo, puede hacerse sin ningún contacto o comunicación físicos. Cuando el médico se encuentra a la cabecera del paciente, los campos emocionales de ambos se entremezclan. Incluso sería mejor decir que circulan uno dentro del otro, y proporcionan, si se usan de forma consciente y con habilidad, un canal para el diagnóstico y la sanación.
Un amplio ámbito etiológico puede revelarse así al médico perceptivo y despierto. La desolación producida por la pérdida de un ser querido puede ser el fundamento de un tumor en el pecho, lo que orientará al médico hacia la causa subyacente, tanto como hacia el abordaje inmediato del mal evidenciado.

En otro texto, El desarrollo del concepto osteopático extendido2, al evocar a una de sus pacientes que padecía de migrañas, nos escribe:

La evolución de esta enfermedad desvela varios aspectos del concepto osteopático extendido. En primer lugar está el aspecto estructural, el cual proviene de un traumatismo severo. Después está el aspecto químico, que resulta de una alimentación pobre. Seguidamente, está el aspecto emocional debido al resentimiento, a la ira reprimida y a la obstinación; también está el aspecto mental, con un patrón inflexible. Asimismo, está la dificultad para dejar a la potencia de lo espiritual sanar y cambiar nuestra vida por entero. Cuántos de nosotros quisieran encontrar alivio en lo que respecta a sus dolores, mientras que no se proponen cambiar sus preciosos hábitos de vida, sus sentimientos, sus pensamientos, y sí, incluso su fe.
[...] Sólo puede percibirse la verdadera causa de las manifestaciones enfermizas por la consciencia, cuando se han suprimido los bloqueos de los movimientos. Éstos pueden ser bloqueos estructurales o físicos. Una vez se liberan los movimientos de la estructura, las causas conscientes e inconscientes vuelven a la superficie, siempre que el osteópata pueda ofrecer un ambiente propicio para semejante purificación. Hemos aprendido a proporcionar las condiciones estructurales para que el cuerpo se normalice él mismo. Ahora, estamos listos para aprender cómo dejar que las emociones y la mente se regularicen, cuando la luz fluida comienza a circular, en cada parte del ser.

¡He aquí una osteopatía de una maravillosa dimensión!!!

Acerca de Still
Citaba mucho a Still y Sutherland. Ahora bien, aunque hoy día pueda parecer paradójico, en aquel entonces no conocíamos a Still. En aquella época, era muy difícil conseguir sus libros, y aquéllos que los tenían, los guardaban celosamente en las estanterías de sus bibliotecas privadas. Para nosotros, Still era un personaje de otra quinta, con el que no teníamos ningún vínculo. Fue únicamente cuando empecé a leer y traducir a Still, a finales de los años 1990, ¡cuando descubrí que esta dimensión era verdaderamente estiliana! Una dimensión ocultada, deliberadamente, debido a los «buenos modales científicos» y de reconocimiento.
En una conferencia3, escribe a propósito de Still:

¿Cuántos entre vosotros habéis leído su Autobiografía? Si la leísteis hace mucho tiempo, retomadla como yo mismo lo hice, entonces descubriréis en ella muchísimos detalles que habían pasado desapercibidos la primera vez. Si no la habéis leído nunca, os espera una experiencia inspiradora, ya que de no ser que se haya sufrido, explorado y descubierto como lo hizo el Dr. Still, ¿cómo se puede comprender el concepto osteopático y concebir el destino de la profesión? Consideremos ahora otro aspecto de ese gran hombre. Esmerémonos en conocerlo mejor; así, podremos comprender mejor la magnitud de sus enseñanzas. «Desde mi más tierna infancia, he sido visitado por visiones nocturnas.»4  «Yo soy lo que algunos llaman un 'inspirado'. Nosotros, los metodistas, lo llamamos 'intuitivo'. Otros utilizan palabras diferentes para ello – clarividente, claro-oyente.»5  En 1898, a la pregunta « ¿Quién descubrió la osteopatía? », él contestó: «Hace veinticuatro años – es decir, en 1874 – el vigésimo segundo día del mes de junio, a las diez de la mañana, percibí una lucecita en el horizonte de la verdad. Según lo que he comprendido, fue colocada en mi mano por el Dios de la naturaleza. Dicha luz evidenciaba en su cara la siguiente inscripción: 'He aquí, Mi biblioteca médica, Mi cirugía y Mi obstetricia. He aquí, Mi libro, junto con todas las directrices, instrucciones, dosificaciones, tamaños y cantidades que se deben utilizar en cada caso de enfermedad y de nacimiento, al comienzo del hombre; durante la infancia, la juventud, así como en el declive de los años.'»6
Era un hombre con una profunda consciencia espiritual. No predicaba la religión, pero conocía a Dios y lo reconocía como fuente de toda verdad. « Dios es el padre de la osteopatía» escribía, y además, «Yo no me avergüenzo de la criatura fruto de su pensamiento.»7  Más tarde, amonestaría así a sus estudiantes: «En este trabajo, nuestros resultados dependen por entero de la ley divina.»8   Decía: «Yo no temo que por seguir a una ley concebida por Dios, me aleje de Él. Cada progreso en Osteopatía nos lleva a una mayor veneración del Divino Soberano de este universo.»9

Todas estas citaciones me intrigaron en sumo grado, y me alentaron a que fuera hacia Still, a que leyese y, seguidamente, tradujese Autobiografía, así como todos sus otros libros, o incluso, las obras que hablaban de él...

Rusia
En 1988, la American Osteopathic Association (AOA) designó a Viola para representar la osteopatía durante los intercambios científicos entre americanos y soviéticos. Entonces, presentó la osteopatía en el Instituto de Investigaciones en Ortopedia y Traumatología de San-Petersburgo, ante una asamblea de expertos cirujanos un tanto escépticos. Unos cuantos tratamientos osteopáticos a niñas y niños, cuyos casos tenían fama de ser difíciles, acabaron por impresionar lo suficientemente a los médicos rusos como para que, tras una simple invitación por parte del Profesor Vladimir Andrianov, la solicitaran para que fuese a impartir clases de osteopatía a Rusia y recibir profesionales rusos en California, para trabajar con su equipo. Durante el otoño de 1991, comenzó a ejercer la docencia en osteopatía en San-Petersburgo. Sin embargo, al no poder responder a la demanda apremiante, pidió a Francis Peyralade y a Roger Caporossi que tomasen el relevo. Ambos han impartido formaciones de osteopatía en Rusia, y han contribuido a la creación de la primera escuela de enseñanza de la osteopatía (1994), la Escuela Superior Rusa de Medicina Osteopática, afincada en San-Petersburgo, que se constituyó con el apoyo de la Academia de las Ciencias médico-tecnológicas de Rusia. Francis Peyralade ha hecho mucho más que ejercer la docencia puesto que participó activamente en las investigaciones sobre la aplicación de la osteopatía en los recién nacidos, las cuales se llevaron a cabo en el laboratorio de neuro-fisiología del niño en el instituto Sechenov de San-Petersburgo. Dichas investigaciones desembocaron en la verificación de lo bien fundado de la osteopatía aplicada al recién nacido y a los niños.

Una vida bien plena, al servicio de la osteopatía
Hasta el año 2013, fecha que marca el final de su vida profesional, Viola Frymann no ha dejado de obrar con el fin de dar a conocer y desarrollar el concepto osteopático en el mundo entero.
Ahora, ya marchó. Pero ello no hace que esté yo triste, en absoluto. Su fallecimiento respeta el orden de las cosas. Además, viene a concluir una vida particularmente colmada, dedicada al servicio de sus congéneres. Sé que somos seres espirituales que viajamos de cuerpo en cuerpo para nuestra evolución personal, así como la de nuestros allegados. Al pensar en las miles de personas, tanto osteópatas como pacientes, a quienes ella ha brindado una notable ayuda, la única conclusión que me viene se resume en estas sencillas palabras: ¡Gracias Viola!

Bibliografía

1.The journal of Holistic Medecine, Vol 2, Nº1 pp. 15-19 Spring/Summer 1980.
2.The development of the expanding osteopathic concept. AAO Yearbook 1972 pp. 19-22.
3.The law of mind, matter and motion.Conferencia en homenaje al Dr Scott AAO, Yearbook 1973, pp. 13-22
4-9 Autobiographie, p.159.