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Presentación

Al haber leído y traducido ya muchos libros de Still o sobre él, tenía mucho interés por saber lo que podía contar de novedoso un osteópata actual. Por falta de tiempo no he podido intercambiar mucho con John Lewis, puesto que él, también estaba muy solicitado por otros.

Me intrigó saber que a partir de 1997 (correspondía exactamente a la época en la que yo estaba trabajando en la traducción de Autobiographie), en varias ocasiones, John Lewis había pasado una temporada en Kirksville para proseguir sus investigaciones sobre la vida de A.T. Still y el nacimiento de la osteopatía. Había podido explorar a su antojo una cantidad importante de documentos reunidos allí, muchos de los cuales ni siquiera habían sido examinados todavía. Entonces pensé que ese hombre debía estar muy apasionado para dedicarle tantos años de su vida a semejante investigación.

Ojear el texto para hacerme una idea de su contenido, súbitamente despertó el entusiasmo y la pasión por la historia de la osteopatía, los cuales, de repente, se volvían tan vivos como cuando descubrí Autobiographie en 1996.

Además, en el breve texto de presentación de John Lewis, me topé con un elemento esencial que había florecido en mí durante la traducción de Autobiographie: la sensación de que lo que se transmitía bajo el nombre de osteopatía no era más que un pálido reflejo, una falsa imitación, de aquello que concebía Still.

Por otra parte, a lo largo de las páginas, Lewis resalta una idea muy preciada a mis ojos: que la osteopatía, es ante todo –incluso antes de ser una medicina manual– una filosofía, que no se es osteópata por practicar unas técnicas llamadas osteopáticas, sino porque se vive la filosofía osteopática que propone Still.

Así pues, me puse con entusiasmo en la traducción de este libro. El texto final fue entregado a John Lewis en 2016, pero desde entonces me quedé sin noticia alguna, hasta el punto de que pensé por un instante que el proyecto de traducción había sido enterrado. Por ello, ha sido una gran alegría enterarme que la traducción francesa acababa de salir, y la idea de presentarla en la página web me entusiasmó.

Para terminar esta presentación, quisiera mencionar unas líneas del capítulo final de A.T. Still: del hueso seco al hombre vivo: «Es mi deseo que este libro permita a los jóvenes osteópatas que ahora comienzan su actividad profesional, tomar consciencia de la verdadera profundidad del concepto osteopático, y darles el valor para profundizarlo, vivirlo y difundirlo».


John Lewis

photo Lewis 02

Nací en Carmarthen, en Gales. Nuestra familia tenía una empresa de lana, Derw Mills, Pentrecwrt, que fabricaba telas tejidas, mantas y cubrecamas de tapicería galesa. Yo era el hijo mayor, la cuarta generación de la empresa familiar y, aunque hubiera preferido estudiar medicina, estudié una ingeniería en los procedimientos textiles, en la Universidad de Leeds, obteniendo una titulación de tercer ciclo en diseño textil por el Scottish College of Textiles de Galashiels. Cuando la empresa fue liquidada, a mediados de los años 80, me vi obligado a cambiar de orientación.

Había participado en competiciones de atletismo para Carmarthen Harriers, después para Edinburgh Southern Harriers, y he representado a Gales en competiciones de salto (longitud y triple salto).

Lesionado, recibí masajes y otros tipos de tratamientos por parte de John Gladwin, en Morningside. Al sentir mi interés por su trabajo, me animó a que participase a un curso de masaje en el Instituto de masaje del Norte, en Blackpool.

Después de obtener el título, trabajé como masajista en Enton Hall, una «granja de salud» como las de antes, en Surrey. Allí conocí al osteópata David Cook, que estaba instalado en Godalming, pero venía a pasar consulta y trataba a los invitados un día por semana. Me hizo unos cuantos tratamientos; así viví mi primera sesión de osteopatía craneal y decidí ser osteópata.

Comencé mis estudios en la British School of Osteopathy en 1991. Durante el primer año leí la Autobiografía del Dr Still, y me impactó tanto la sabiduría que contenían sus palabras como el hecho de que lo que nos enseñaban en la escuela era totalmente diferente de sus intenciones. En 1997, dos años después de haberme graduado, viajé a Estados Unidos para llevar a cabo las investigaciones que finalmente me llevaron, quince años después, a escribir y publicar este libro.

Al llegar a Kirksville, tuve la gran suerte de conocer al Dr. James J. Mc Govern, acababa de ser nombrado presidente del Kirksville College of Osteopathic College.

El Dr. Mc Govern se interesó en mi proyecto y, mediante su gran apoyo, el KCOM financió y patrocinó mis investigaciones de 1999 hasta 2002. Una vez empleado por la escuela, me pusieron bajo la responsabilidad del Still National Osteopathic Museum (el actual museo de la medicina osteopática), con un acceso ilimitado a las colecciones de archivos.

Mis investigaciones sobre los escritos de Still me condujeron a sucesivas reflexiones, siendo la más profunda que la osteopatía es ante todo una filosofía, incluso antes de ser un sistema de medicina manual. Seguidamente, ello me llevó a percatarme de que la osteopatía –­tal y como se enseña hoy en día– no sólo está guiada por una filosofía diferente, sino que es una pálida sombra de lo que quería el propio Still.

Al escribir mi libro, me he esforzado en resaltar las enseñanzas puras de Still, sin ningún compromiso, y en mostrar que comprendiéndolas, uno entiende que no están pasadas de moda, que no son obsoletas, ya que osteopatía es otra palabra para la naturaleza, y las leyes de la naturaleza no cambian. La importancia de esta cuestión para recobrar la salud es un debate muy antiguo, que he integrado en la historia de Still.

A. T. Still: Del hueso al hombre vivo es una biografía del fundador de la osteopatía. Explica cómo su ciencia se desarrolló a partir de una explicación biológica del origen de la enfermedad, basada en la ciencia médica puntera, líder de aquella época, y cómo desarrolló un sistema de tratamiento. El libro está impregnado de la filosofía de Still y escrito en un estilo que se propone inspirar una renovación de sus enseñanzas. Estas enseñanzas son intemporales y deberían constituir la base de todo plan de estudios en osteopatía.


 Introducción

Le debemos a Andrew Taylor Still uno de los mayores descubrimientos de la ciencia, un descubrimiento que equivale a las leyes de Newton sobre la gravitación y a las leyes de Darwin sobre la evolución. Un descubrimiento del que se puede beneficiar cada ser humano y que potencialmente puede ayudar a la humanidad, más que cualquier otra realización[1]. Tal es la creencia de sus seguidores. Anticipó la ciencia de la humanidad de una generación, y combinando la anatomía y la fisiología con unos principios habitualmente asociados con la mecánica, desarrolló una medicina sin drogas[2], a la vez preventiva y curativa, y que cubría todo el espectro de las enfermedades. En 1905, llegó a estar en la primera posición de un sondeo realizado por un periódico neoyorkino importante en relación al nombramiento de un candidato al premio Nobel de medicina o de fisiología. Pero debido a presiones políticas, su nombre fue retirado. Su retrato está colgado en la Institución Smithsonian de Washington D.C., en agradecimiento de su aportación a la medicina; sin embargo, su nombre sigue siendo poco conocido.

Cuando intentó interesar la profesión médica –su profesión– por lo que había descubierto, nadie se tomó la molestia de comprobar sus hallazgos. Al contrario, su descubrimiento fue combatido y ridiculizado, presentado como una fantasía, un culto, una engañifa. Irónicamente, aquello sobre lo que trabajó –una explicación biológica de la causa de la enfermedad[3]– era en el sentido más estricto de la palabra, pura medicina, basada en los descubrimientos científicos más recientes de esa época. Pero sus conclusiones venían a quebrantar los fundamentos mismos del sistema en vigor, ya que no se oponía sólo a «las drogas» de aquellos tiempos, sino igualmente a todo el abordaje de la salud y de la enfermedad de aquella época. Frente a esta potente institución, libró una batalla comparable a la de David contra Goliat, batalla de la que salió victorioso gracias a las asambleas legislativas.

Insistió en que su método se mantendría o fracasaría únicamente en función de los resultados, y no publicó nada en los principales periódicos de aquella época; tampoco utilizó los servicios de ningún agente de prensa. Rechazaba la notoriedad, no reclamaba ningún elogio, y ni siquiera trataba de apropiarse de sus propios hallazgos. No se vinculó con ningún cuerpo docente de ninguna universidad para asegurarse unas referencias y una plaza en el mundo de la docencia, sino que permaneció en la remota ciudad del Medio Oeste donde se había establecido[4].

[...]

Still creció lejos de los grandes centros urbanos. Nació en Virginia, tercer hijo de una familia de nueve hermanos, pasó sus años de formación en un Misuri (Missouri) todavía por desarrollar, con pocas viviendas, donde se mezclaban dos mundos –el europeo y el indígena– y donde la naturaleza establecía su propia armonía rítmica. Adolescente aprendió la medicina bajo la forma de un aprendizaje, y empezó a practicarla en una reserva india Shawnee, en Kansas, donde había sido enviado su padre, predicador-médico, como misionero. De joven, combatió contra la esclavitud durante la guerra de Secesión y llegó a considerar su posterior batalla con la medicina como la lucha por la emancipación contra la esclavitud de las drogas. No luchaba contra los propios médicos, sino contra una manera de pensar.

Mientras que ya se cuestionaba sobre la seguridad y la eficacia de los drásticos remedios del siglo XIX, fue necesaria una tragedia devastadora para convencerle de que la medicina no necesitaba una simple reforma, sino una verdadera revolución[5]. Al pensar que debía existir una mejor manera de curar al enfermo que la introducción de sustancias tóxicas en el cuerpo, orientó toda su vida hacia una búsqueda que se proponía descifrar los enigmas de la vida y la muerte, de la salud y la enfermedad.

Al leer mucho –desde la medicina a la filosofía, desde la geología a la astronomía, desde la Biblia a la biología evolucionista– utilizó las observaciones e investigaciones hechas por otras personas, sometiéndolas a su propio análisis crítico, comparando, correlacionando, sintetizando y sacando nuevas conclusiones, todo ello filtrado por un espíritu desdeñoso hacia las «teorías indemostrables»

Estableció conexiones entre disciplinas que la ciencia había separado.

Encontrar la salud debería ser el objetivo del doctor. Cualquiera puede encontrar la enfermedad.

Detrás de esta cita ampliamente utilizada, se fundan dos abordajes divergentes de la medicina, basados en dos visiones del mundo radicalmente diferentes.

La nueva «medicina científica» exigía que todos los fenómenos relativos a los organismos vivos, incluido el misterioso poder animador del espíritu [mind]ª y del cuerpo, se explicaran mediante términos de leyes físicas y químicas. Still creía vivamente en la ciencia, pero, como hijo de un pastor, mantenía una convicción del individuo desde el concepto del alma y el espíritu [spirit]. Su lucha personal refleja aquella, más general, de la civilización occidental de finales del siglo XIX: dos grandes fuerzas sociales –la religión y la ciencia– peleándose por la supremacía. Al discernir cierta verdad en ambas, no sólo se quedó con la palabra vida, sino que utilizó igualmente términos que los médicos no solían asociar: verdad, espíritu [spirit], sabiduría, amor, Dios. Nunca cuestionó un hecho científico establecido, pero consideraba que el fundamento de la ciencia materialista no podía aplicarse tal cual al organismo vivo.

Finalmente llamó a su sistema, tal vez demasiado estrechamente, osteopatía. La palabra –que significa literalmente «sufrimiento del hueso»– representa algo más que un sistema de medicina manual. «La osteopatía es más que un simple tratamiento vertebral» explicó uno de sus alumnos. «De hecho, ni siquiera es un método de tratamiento. Es un principio en el que se basa cualquier tratamiento[6]». Este principio es a la vez sencillo y profundo: el organismo humano posee de forma innata todos los agentes necesarios para su sanación.

[...]

Still falleció de un ictus en diciembre de 1917, cuando tenía ochenta y nueve años, y fue inhumado cerca de la institución que él había fundado, en la pequeña comunidad rural de Kirksville, en Misuri. Después de su muerte, sus socios se mostraron muy prolijos en elogios hacia él, y no dudaron en hacer uso de epítetos ditirámbicos: un hombre sobrio, industrioso y rigurosamente honesto, con un fuerte temperamento, sociable y extremadamente generoso[7]. Un médico que dio lo mejor de sí mismo a cada paciente, independientemente de su sexo, de su color y de la posición social[8]. Un filántropo que «podría haber sido uno de los hombres más ricos de su época, pero que tenía que realizar una obra mucho más importante que el establecimiento de una fortuna[9]». Un visionario, pero también un luchador, «el hombre que vio la verdad, que tuvo el espíritu para concebirla, la indomable voluntad y la valentía de arrojarla a la cara de la más empedernida oposición, de la pobreza y del ostracismo social, y una indefectible fe en la victoria final[10]». El sacerdote que celebró su funeral llegó a describirlo como «uno de los hombres más grandes de este mundo[11]». Hoy en día sigue siendo un personaje querido, aun siendo una figura un poco mitológica y distante.

Still no podía anticipar los grandes cambios que el siglo XX traería a la medicina: la preservación de la vida mediante los antibióticos, la sofisticación de la farmacología moderna, el progreso de la tecnología. Sin embargo, mientras la medicina no deja de abandonar los viejos remedios y las prácticas antiguas en favor de otros nuevos, su método desafía al tiempo. Para él, la osteopatía no era un progreso –una palabra que pertenecía a los efémeros esfuerzos del hombre– sino una mejora, una armonía más cercana a la naturaleza y sus leyes inmutables. No inventó un sistema de curación. Al igual que la fuerza de gravedad, la osteopatía siempre ha estado presente, como familiar para todos nosotros, esperando una mente receptiva capaz de desentrañar sus secretos. «Millones de personas antes de Newton y Galileo vieron caer manzanas y oscilar péndulos», y una mano anónima escribió:

Pero casi ninguno de ellos enseñó al mundo lo que significaban estos sencillos y familiares fenómenos. Pasa lo mismo con el Dr. Still. Millones de personas han visto las mismas cosas que él, y una de ellas declaró incluso que la ‘Naturaleza sana’, estableciendo esto como una ley, pero casi nadie antes del Dr. Still había aprendido a trabajar con la Naturaleza y no contra ella en el arte de sanar[12].


 Notas

 a. En inglés hay dos palabras con significados muy diferentes; « mind » y « spirit », cuya traducción al francés es idéntica: espíritu. Ahora bien, está claro de que no se trata del mismo espíritu. « Mind », es el entendimiento, la razón, el pensamiento, la inteligencia, la atención, la memoria, la intención, el espíritu de razón o espíritu organizador; mientras que « spirit », es el ser inmaterial, el pneuma, el aliento (divino), la parte no física del hombre. (N.d.T.)

1. Booth 476-7.
2. The Osteopathic Physician août 1934, 24.
3. The Journal of Osteopathy 1929, 204.
4. The Osteopathic Physician 129.
5. Autobiographie 183.
6. OD 41-2.
7. Booth 477.
8. Osteopathic Truth January 1918, 84.
9. Journal of the American Osteopathic Association January 1918, 251.
10. JO July 1932, 401.
11.The Journal of Osteopathy January 1918, 20.
12. Charles E. Still Collection, MOM 1997.04.92, 2.


[1] Booth 476-7.

[2]Still utiliza la palabra «drogas» cuando habla de los medicamentos.

[3] The Osteopathic Physician août 1934, 24.

[4] The Journal of Osteopathy 1929, 204.

[5] Autobiographie 183.

[6] OD 41-2.

[7] Booth 477.

[8] Osteopathic Truth January 1918, 84.

[9] Journal of the American Osteopathic Association January 1918, 251.

[10] JO July 1932, 401.

[11] The Journal of Osteopathy January 1918, 20.

[12] Charles E. Still Collection, MOM 1997.04.92, 2.